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Hay imágenes de gran belleza y alto impacto en La Odisea de 2026. Valoro la propuesta del director, y celebro que nos haya puesto a hablar de la obra y de los mitos griegos, desde distintas posiciones y perspectivas. La excelente película de Nolan me ha inspirado a preparar una selección de versiones y/o alusiones fílmicas distintas, para proyectar y comentar en el Cine Foro de la fundación Bordes, que se da todos los jueves a las cinco y media de la tarde en nuestra sede de Barrio Obrero, San Cristóbal, cerca de la Iglesia Coromoto.

Uno de los varios regalos extraordinarios que recibí por mi último cumpleaños fue una entrada (bien acompañada, además) al estreno de la Odisea de Cristopher Nolan. Me gusta Nolan desde Memento (2000), me impactó su manejo inusual (o al menos para mí, entonces) de la narrativa, su tratamiento de la memoria, la culpa y el trauma. Encontré rastros de ese leitmotiv del autor en Inception (2010), posteriormente, más allá de la parafernalia de los efectos visuales. Por supuesto en Oppenheimer (2023), y vuelve a aparecer en su versión de esta historia que tiene unos tres mil años, aún tratándose de una compilación de mitos y leyendas orales, memoria colectiva de otro pueblo, de otro tiempo, porque en su lectura crea una nueva obra desde y para su (nuestra) época, atendiendo a sus propios intereses e intenciones, algunas más concientes que otras. Es la naturaleza del mito y de la narración, el cambio y las reactualizaciones. Ningún juglar la cantaría igual, el mismo poeta la cantaría distinto, según el público y la ocasión.

Hay imágenes de gran belleza y alto impacto en la película de Nolan: se quedan conmigo definitivamente su caballo de Troya, en cada uno de los distintos planos y perspectivas presentados, la incursión de Odiseo en el Hades, el encuentro con Argos en la entrada de su antiguo hogar, ese Agamenón sin rostro, presentado con una estética que evoca al cómic y los relatos de superhéroes y villanos (otras mitologías, más contemporaneas). Mi escena preferida ocurre durante el encuentro con Circe, la expresión plástica y corporal de sus poderes mágicos. También me parece valiosa la visión de Nolan de un Odiseo veterano de guerra, atormentado por la culpa (encarnada en Atenea como espectro), y de Helena como esclava, destacando el papel de la mujer en todas las guerras: como botin y objeto de canje, humillación o venganza. En lugar de la femme fatale a la cual nos tienen acostumbradas lecturas anteriores, una cautiva, ficha de un juego destructivo y eterno en manos de los poderosos que deciden todas las batallas, desde el principio de los tiempos: dioses que mandan sobre el destino, la vida y la muerte de quienes les siguen, voluntariamente o no.

Desde luego, ese no es el espíritu de La Odisea de Homero, haya existido ese poeta o no. Los griegos no conocían de culpa cristiana ni de estrés postraumático, ni de luchas de género o de razas. Atenea no era triste ni silenciosa: fue la hija mayor de Zeus, nació ya adulta de la cabeza de su padre, lista para la batalla. Diosa de la guerra estratégica, de la astucia prudente que gobierna las ciudades «civilizadas», del orden y la justicia. En ningún momento del poema le hace reproches; al contrario, es su guía y su aliada de aventuras.

Pero no es una queja, y espero que no se entienda así. Disfruté mucho de la película que hizo Nolan, la siento válida y valiosa. Quizá lo único que lamento es el desperdicio de algunos grandes actores, pues en su énfasis por lo visual, la interpretación dramática realmente no fue la prioridad en el desarrollo del film.

Celebro también que este director nos haya puesto a hablar de la obra y de los mitos griegos, desde distintas posiciones y perspectivas.

En cuanto a sus elecciones con respecto a qué enfatizar y qué omitir del poema «original», lo que eché de menos fueron ciertos detalles del encuentro con el cíclope Polifemo. Es crucial -para mi propia lectura- de La Odisea que su estrategia principal para sobrevivir este episodio con la mayoría de sus hombres no haya sido el enfrentamiento directo. Lo salvó el haberse ocultado, decir que se llamaba Nadie. Lo hunde, luego, la arrogancia de no haber podido dejar de vanagloriarse cuando se creía ya a salvo, sin pensar en que aún debía navegar sobre el océano, con todas sus profundidades y misterios, reino del intempestivo y temperamental Poseidón. Este detalle no sólo representa la explicación del retraso en llegar a Ítaca, un castigo divino por su hibris (lo más parecido al pecado que se encuentra en esa cultura, la soberbia), también el por qué de la forma en que eligió volver, disfrazado de mendigo. Ha aprendido, el héroe, que la vuelta al hogar en su madurez requiere de un desprendimiento del orgullo, de su poder y hasta de su nombre, de todo lo que constituye el ego.

Para mí, en contraste con La Ilíada, gloriosa épica de guerra, La Odisea es casi el relato de la segunda mitad de la vida que describe Carl Jung: el proceso de individuación, de abandonar la lucha (necesaria) por construir un ego capaz de sobrevivir en esta tierra, adaptarse y funcionar lo más felizmente que nos sea posible. Describe el momento de renunciar a las impostaciones y olvidarnos de las sirenas del triunfo y el éxito, aceptar los fracasos y cantarnos las verdades, con lentitud, llorando las pérdidas, en un descenso a las profundidades de nuestra psique, donde encontraremos tesoros si somos capaces de aceptar el costo de vivir sufrimientos genuinos, inevitables en la aventura del vivir. Recuerdo que en mi primera lectura de esta obra, lo que más me llamaba la atención era que se lloraba mucho, en varios cantos del poema. En cambio hay muy pocas batallas. La única que logro recordar ahora está casi al final, con los pretendientes, para recuperar su reino. Nolan tuvo que tomar prestado de La Ilíada para la película, pues las escenas de guerra son necesarias en su propuesta.

Mis intereses y prioridades son otras, por supuesto, pues cada quien tiene las suyas. De La Ilíada, mi episodio preferido es justo después de la batalla, en el crepúsculo indefinido de la derrota de Troya, cuando el rey vencido se arriesga a pedir el cadáver de su hijo al poderoso Aquiles. Lo logra con la ayuda de Hermes, el dios mensajero, el más cercano a los humanos, pues se trata del menos digno de todos, como destaca Rafael López-Pedraza en su maravilloso libro sobre esta figura arquetipal y las asociaciones que encuentra pertinentes para lo psicológico y la psicoterapia.

En mi reencuentro con La Odisea, gracias a la película de Nolan, he preparado una selección de versiones y/o alusiones fílmicas distintas, para proyectar y comentar en el Cine Foro de la fundación Bordes, que se da todos los jueves a las cinco y media de la tarde en nuestra sede de Barrio Obrero, San Cristóbal, cerca de la Iglesia Coromoto, Bordes Galería-Café.

El Regreso, una coproducción europea de 2024, dirigida por Uberto Pasolini, cuenta con las extraordinarias interpretaciones actorales de Ralph Fiennes y Juliette Binoche, además de una preciosa cinematografía. Centrada en lo psicológico, en la pareja y la familia, este film escoge narrar la historia desde la llegada de Odiseo a Ítaca, de incógnito, observando el estado actual de las cosas en su antiguo reino, conteniendo sus reacciones, llegando lentamente hasta la potente escena de la masacre de los pretendientes. A pesar de que prescinde por completo de presentar dioses y monstruos, siento que la relación de este Odiseo con La Guerra (así, en mayúscula) es más cercana al espíritu mítico que la denuncia racional de Nolan (aunque ahora mismo estoy encontrando aquí más bien una conexión con su Oppenheimer). La Penélope de Pasolini y Binoche tiene la fuerza y la astucia que nos demuestra por qué es ella la pareja del héroe y no Circe ni Calipso. No hay moralismos ni enseñanzas en esta versión, lo cual no la hace mejor ni más fiel al poema original. Se trata de una propuesta fílmica alternativa, de otro autor, otra actualización contemporánea.

The Return, directed by Uberto Pasolini, with Ralph Fiennes (Odysseus), Juliette Binoche (Penelope), Charlie Plummer (Telemachus), Marwan Kenzari (Antinous), Claudio Santamaria (Eumaeus).

La Odisea, producción belga-francesa de 2016, en cambio, no es otra versión del poema, sino una alusión al mito a través de una bio-pic sobre Jacques Cousteau, el Capitán del Calipso, aquel célebre explorador gracias a cuyas aventuras pudimos conocer y maravillarnos sobre lo que ocultaban las profundidades del océano, mitología/ciencia del siglo XX. Quizá los más jóvenes no conozcan este nombre, pero para mi generación fue efectivamente un Odiseo admirable y considero que vale la pena el recordatorio sobre su vida y sus aportes al desarrollo de la oceanografía y la biología marina.

Los hermanos Cohen si escribieron su versión, libérrima por supuesto, protagonizada por George Clooney, un Ulises contemporáneo que lidera una fuga de la cárcel en la Mississipi rural de la Gran Depresión estadounidense. Aunque es una sátira contemporánea, también tiene su cíclope, un vendedor de biblias interpretado por John Goodman.

Y para cerrar, incluimos un homenaje que estaba pendiente a Briggite Bardot, una de las divas más icónicas de la historia del cine, quien falleció en diciembre de 2025 a sus 91 años, siempre controversial, fiel solo a sí misma hasta el final. Ella protagoniza junto a Michel Piccoli Le Mépris (1963), dirigida por otro irreverente, Jean Luc-Godard, una película sobre el rodaje de una versión fílmica de La Odisea griega, que es más bien la historia de un conflicto marital. El director alemán Fritz Lang se interpreta a sí mismo en esta adaptación que hace Godard, no del canto griego sino de la novela El Desprecio (1954) del escritor italiano Alberto Moravia.

Ha sido muy grato componer esta pequeña muestra de Odiseas, ojalá el público amante del cine y la literatura de la ciudad se anime a disfrutarla y compartir sus apreciaciones en el acostumbrado foro posterior a cada proyección.

Fania Castillo

Psicóloga/Psicoterapeuta/Docente

Fundación Bordes

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